La tonta princesita
Se cansó de esperar
que el azul de sus ojos la mirara
como en sus sueños imaginaba.
Quería ser la reina más amada,
la única que llegara a existir,
la musa de su ser,
el esplendor del alba
cuando nace el sol.
¡Ay, tonta princesita!
No sabías que tu azul
ya había pintado otros atardeceres,
que en otro cielo había dejado
un pequeño retoño
de azul celeste,
un don hermoso
que tú nunca tendrías.
Y el duende se lo había llevado
aquel día
cuando aún eras muy pequeña.
Al cuarto día,
cuando nadie la veía,
la princesita salió en busca de amor.
Caminó hacia el bosque
hasta encontrar un árbol encantado,
frondoso y enorme,
que parecía ofrecer refugio
contra cualquier tempestad.
Pero bajo su corteza
habitaba la podredumbre.
Moho, ratas y oscuridad
yacían en sus entrañas,
despidiendo un olor
que solo aquellos con sabiduría
podían percibir.
La princesita, cansada,
se sentó bajo sus ramas.
El calor infernal
había comenzado a caer sobre el bosque
y aquel árbol parecía protegerla.
Entonces el árbol habló.
Ella se sorprendió.
Y sin darse cuenta del tiempo,
entre risas y miradas,
comenzaron a hablar.
Pero alguien observaba.
Desde lo más profundo del bosque,
una bruja los contemplaba
con ojos capaces de mirar
más allá de las apariencias.
Ella sabía que aquel árbol
no era un árbol cualquiera.
Lo había encantado
con sus propios sueños,
lo había cuidado
bajo la sombra de la Luna
y conocía cada una de sus ramas.
Entonces miró a la princesita
y pudo ver lo que escondía.
Solo tenía la mitad de un corazón.
Veneno corría por sus venas,
la envidia se escondía en su voz
y sus ojos, aunque parecían inocentes,
guardaban una mirada falsa.
No era una princesita.
Era una mujer perdida
en su propio deseo.
¡Ay, tonta princesita!
Has entrado en un bosque
que no te pertenecía
y has tocado un árbol
que la bruja había encantado.
Ahora has despertado su ira.
Y quizá no sabes
que algunos bosques
recuerdan a quienes los profanan.
¡Ay, tonta princesita!
Sola te quedarás.
Porque ni tu azul
ni mi árbol
te sabrán amar.
JCR

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